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EL INVENTOR DE JUEGOS " EL LABERINTO" Y "FRENTE A MORODIAN"

  • 12 ago 2014
  • 7 Min. de lectura

Autor: Pablo De Santis

El Laberinto

La noche anterior a la partida sus dos amigos los visitaron para despedirse. Durante cuatro horas se encerraron en el cuarto de Iván. Conversaban en voz baja: Iván no quería que Nicolás se enterara de sus planes para visitar la compañía de los juegos profundos. Le había dicho que viajaba a la capital para visitar a su tía. Era cierto que pensaba visitar a Elena, pero apenas pudiera entraría en los dominios de morodian, Ríos le insistió para que se llevara su parche, como amuleto, pero Iván se negó, porque tenía miedo de perderlo. Los acuáticos lo miraban con gravedad mientras lo despedían, como si en lugar de irse a la ciudad, fuera rumbo a un país desconocido y salvaje.

Iván llego solo a la estación, porque su abuelo estaba en la cama. Después de todo un día con los ventiladores encendidos para acelerar el secado de un rompecabezas, el viento había terminado por enfermarlo. A las ocho de la mañana, diez minutos antes de la partida en tren, Iván subió al vagón. Dejo su mochila en el portaequipaje y ocupo su asiento, a la espera de la bocina que anunciaba la partida. Había viajado tan pocas veces, que lo emocionaban esos minutos previos, cunado parece que no solo empieza un viaje, sino una vida nueva.

Llego a la hora de la partida pero el tren siguió en el andén. Los minutos pasaban, la impaciencia crecía. La gente se saludaba se cansó de saludarse, y los que despedían y los despedidos ya se miraban con fastidio. Al fin el guarda anuncio mala noticias un tren nocturno había descarrilado a treinta kilómetros de Zyl y el viaje se posponía el menos dos horas

Iván no tenía ganas de volver a la casa de su abuelo. Decidió aprovechar para visitar el laberinto. Había memorizado el mapa-rompecabezas del museo y sabía que debía seguir por la avenida de los dos reyes, cruzar un descampado que limitaba con la antigua fábrica de soldados de plomo, y continuar hasta el fin del camino. Dejó la mochila sobre el portaequipaje del vagón y camino más allá de los últimos vestigios de la ciudad. Estaba orgulloso por conocer Zyl mejor que los mismos zyledinos

Diversos carteles indicadores daban equívocos indicios de la ubicación del laberinto. Eran parte del juego: uno señalaba una laguna; otro, hacia el campo sin límites. El laberinto hacía que los visitantes se extraviaran aun antes de entrar en él. Pero Iván tenía en su cabeza le mapa-rompecabezas y no se dejó engañar por las falsas señales. Pronto vio el cartel de madera que colgaba de dos cadenas oxidadas. El viento movía pesadamente el cartel y las cadenas chirriaban.

Le habían advertido que el laberinto era intrincado pero no haya imaginado hasta qué punto. No era solo un complicado diseño de caminos, sino también una enfermedad que atacaba a las plantas, obligándolas a retorcerse y mezclarse; los senderos, también contagiados, intentaban pasar bajo las raíces de los árboles o girar sobre sí mismos. Iván dio uno primeros pasos sin perder de vista el cartel de la entrada. Sabía que lo importante era mantener un punto de referencia. Lamento no haberle pedido a los acuanticos que lo acompañaran.

Las espinas de un arbusto le marcaron el brazo, Eso basto para que se decidiera a salir, sabía que estaba tan cerca de la entrada que unos pocos pasos bastarían pero cuando busco el cartel, no lo encontró. Ni si quiera encontró algo parecido a un sendero: había que arrastrarse, pasar sobre los troncos podridos, atravesar enramadas que obligaban a complicadas contorsiones. Quiso subirse a un árbol para mirar a lo lejos, pero al tratar de hacerlo la rama se quebró. La espesa vegetación impedía la llegada del sol y la corteza de los árboles se pudría entre manchones de musgo.

Encontró un claro y respiro aliviado, pero de inmediato sintió un olor nauseabundo. Muy cerca, quizás entre esos arbustos espinosos, yacía una perdiz o un conejo que el laberinto había atrapado y sacrificado. Se alejó de la carroña sin preocuparse por averiguar que era. Caminaba con esa impaciencia que es el comienzo del miedo-

Oyó un ruido en la maleza, y trato de pensar en animales diminutos -liebres perdices, pájaros- pero le venía la imaginación una variada gama de grandes felino y serpientes amazónicas. Estaba atrapado entre ramas y troncos que parecían crecer a su alrededor. No lloraba, pero igual las lágrimas recorrían su cara, como si pertenecieran a orto. Tenía hambre, y arranco un fruto de un árbol desconocido. Apenas probo el sabor amargo, repulsivo, temió haberse envenenado. Recordó que en ese mismo lugar había muerto justo morodian, en tiempos en el que el laberinto no era aún tan intrincado.

Como estaba sin reloj, no sabía cuánto tiempo había transcurrido. De pronto oyó a lo lejos la bocina del tren, y supo que había perdido el viaje. El tren, con su mochila a bordo, se alejaba rumbo a la ciudad.

A medida que pasaba el tiempo, el viaje dejo de parecer importante. Lo que más le preocupaba era que pasaran las horas, que llegaran el atardecer y la noche. ¿Qué le ocurría si quedaba atrapado allí, toda la noche?

Algo lo salvo. Era el ruido de un motor que se oía muy cerca, y también una voz que decía, impaciente:

-vamos que se hace tarde…

Iván siguió el ruido del motora a través del follaje. Los árboles se apartaron y dejaron a la vista un ómnibus destartalado. El motor rugía pesadamente, como si fuera es último viaje. El chofer se apoyaba con el dibujo de la pieza del rompecabezas: la insignia de la compañía de los juegos profundos.

- vamos que es tarde, señor Dragó –dijo el chofer-. Suba

- ¿Me viene a buscar a mí?

- ¿A quién más? Es hora de ir al parque profundo.

Iván subió al ómnibus vacío. Eligio uno de los asientos del medio. Recordó que no tenía nada de equipaje y que no había llamado a su tía para avisarle de la demora. Ya solucionaría esas cosas, cuando, llegara a la ciudad.

  • Suerte que oí el motor. Solo no hubiera podido salir del laberinto- dijo Iván

El chofer se acomodó la gorra y cerro la puerta. El ómnibus busco lentamente la ruta que llevaba a la ciudad

  • Usted ni ha salido del laberinto, señor Dragó. Acaba de entrar

FRENTE A MORODIAN

Iván apenas tuvo tiempo de esconderse entre sus ropas la libreta y el reloj. Los ejecutores lo arrastraron a través del sótano. Habían guardado sus linternas, pero de tanto en tanto sacaban de los bolsillos de su uniforme unos dados que arrojaban contra la oscuridad. Al golpear contra el suelo, los dados se encendían: algunos depedían una luz verde; otros, amarilla o azul.

Al final del camino había un acensor de reja. Iván miro hacia atras el largo camino que había hecho, iluminado por los dados de colores. Era un buen juego, ¿por que había fracasado? Nuevos jugetes remplazaban a los viejos, y en todas partes sucedía así, excepto en ZyL.

La ciudad no se resignaba a que los viejos juegos desaparecieran, y por eso ella misma acabaría por desaparecer.

Unos minutos despues Iván estaba en la habitacion de los sueños de Morodian. El Produndo estaba despierto y daba grandes pasos de un lado a otro del cuarto. Sus pasos eran tan enérgicos que el cuarto parecia agrandarse a medida que lo recorría, como si las paredes, temerosas, retrocedieran.

-Prometió un laberinto. ¿Donde está su juego, señor Dragó?

La voz de Iván sono menos que un susurro:

-Trataba de encontrar ideas.

-¿Allá abajo? ahora sí necesitará ideas. Encerrado y sin comida hasta que me traiga un resultado.

Ivan pensó detenidamente las palabras adecuadas. Respiro hondo.

-Vengo de ZyL. Usted conoce bien la ciudad. Cuanto más se hunde, más se habla de la compañia de los juegos profundos. Para mi es un honor haber llegado hasta aquí. Tiene su propio juego. Es uno de nosotros y además tengo grandes planes para usted. ¿ que mas puede pedir?

-Lo que mas quiero es ser, por una noche, por un rato, un escriba del sueño. poder oír como surgen esas frases que alimentan a la Compañia, y que se convierten en juegos, y que luego infrctan la imaginacion de miles de niños.....

-Imposible. No hay cargo más areciado.... Se necesitan años de estudio. Si dejo que usted, sin experiencia, se convierta en escriba, pronto tendré a todos esos aburridos dibujantes y a esos patericos ingenieros pidiendo lo mismo.

-Es algo que usted me debe por haber usado mi nombre para su juego.

Los ejecutores que rodeaban a Morodian se apartaron con temor. Sabian reconocer la ira del profundo.

-¿Algo que yo le debo? -Morodian golpeo con fuerza el piso con su pie -.Su nombre está en un juego de la compañia: no hay honor más grande para usted. Además ese es el premio que gano por haber participado en aquel concurso.

-Nunca me avisaron de ningun premio.

-Ahora lo sabe. A la larga siempre nos enteramos de las cosas que inportan.

Iván estubo a punto de preguntar por sus padres, pero sabía que por ese camino no llegaria a ningun lado. Probó con un tono de humildad.

-No pido ser un verdadero ecriba. Seré solo un juego. ¿No es este el mejor lugar para jugar?

-Pero no hay nade los juegos. A través de los juegos nos arruinamos la vida. A través de los juegos conquistamos el mundo.

-Tengo mis razones para insistir. Hace mucho años, cuando todavía vivia en ZyL.....

-No pronuncie ese nombre. solo yo puedo mencionar la ciudad odiada -dijo Morodian, e Iván creyó que lo echaría en ese mismo instante.

-....usted hizo un juego sobre el laberinto. Yo lo vi, pero no llegué a entenderlo.

Ahora Morodian se llevo la mano a la esfera de cristal con la pieza del rompecabezas en su interior.

-Mis informantes no me dijieron nada sobre eso.

-El laberinto tiene un significado especial para usted, está mezclado con su pasado. Necesito asomarme a ese mundo.

Morodian pensó en las palabras de Iván. Era tal la fuerza de sus pasos, que cuando se quedaba quieto, el piso seguía retumbando, con si otro invisible Morodian prosiguiera su marcha.

Iván insitió.

-Quiro oír yo mismo las palabras de los sueños, sin ningun escriba que haga de intermediario.

-Solo por esta vez. Diez minutos bastarán. Y más vale que se el mejor juego que me hayan presentado jamás. Un juego digno de quien ganó el premio de la Compañia de los juegos profundos.

Los ejecutores llevaron a Iván a su cuarto y cerraron la pueta con llave.

 
 
 

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